Hay una condena que llevamos a cuestas de la que muy pocos llegan a liberarse. En la vida nos enseñan que debemos triunfar, ser exitosos, pero esto es solo un discurso, retórica que se repite mecánicamente sin creer en ella. La triste verdad es que crecemos condicionados a la medianía, a mirar el éxito a través de una pantalla: sueños al alcance de la mano, pero que no podemos tocar.

He descubierto que todos en la vida tenemos un momento en el que revelamos nuestra vocación, una voz interna nos dice: ¡Quiero ser artista! (o presidente, chef de alta cocina, deportista profesional). Es un instante mágico, en el que nos sentimos inspirados, creemos en nosotros mismos, nos sentimos capaces de enfrentar y superar cualquier reto. Comenzamos nuestro camino y como es natural las dificultades se presentan, las primeras llegan tristemente desde nuestro círculo más cercano. Familiares y amigos que nos quieren proteger de las desilusiones de la vida, se contradicen en un discurso ambiguo, nos apoyan pero nos previenen, se alegran de nuestras ilusiones pero nos piden sensatez. Así pasan los primeros años y la gran mayoría comienza a rendirse, de pronto nos encontramos repitiendo frases como: “Dedo ser realista”,  “Quizá si tuviera más tiempo (o dinero)”, “Se necesita mucha suerte para triunfar en esto” “De esta profesión no se puede vivir”. Con esas palabras, le estamos dando una estocada de muerte a nuestro sueño y muchas veces, y sin saberlo, a nuestra felicidad. La imagen que nos hicimos de nosotros mismos triunfando, se desvanece y queda como un recuerdo vago, una fantasía infantil con la que sonreímos llenos de melancolía.

Nadie nos dice que cumplir los sueños tiene un alto precio: 'El de volverlo a intentar'. Realizarnos en aquello que nos encendió el corazón y que nos llenó de ilusiones cuesta más que un simple deseo. Debemos entenderlo. El fracaso es condición necesaria del triunfo, me atrevo a afirmar que una larga fila de fracasos construyen el camino al éxito.

Cada vez que tengo el honor de firmar un libro, lo hago con la frase más emblemática de Flor Negra: “Buen camino, caminante”. Me gusta pensar que cuando escribo esas palabras le estoy compartiendo a ese lector una fórmula mágica: el hechizo de la paciencia y la constancia.  En esas palabras  le quiero transmitir que lo que importa es el camino, que cada paso que da inevitablemente lo está acercando a su destino, aunque en el horizonte solo haya neblina y dudas, debe de dar siempre un paso más. Le quiero decir que debe enfrentar los retos sin clemencia, pero a sí mismo, la autocompasión es peligrosa, es el suicidio sutil y cómodo del éxito. Y algo más… en esa frase le comparto una fórmula de alquimia; el gran secreto está en aprender a hacer grandes los pequeños éxitos y no al revés como solemos hacerlo, que le damos un peso enorme a la más insignificante derrota. Todos admiramos a los hombres y mujeres que han logrado trascender o triunfar, es decir a los que han logrado realizar sus sueños, la ironía es que la fórmula para ser igual a ellos está al alcance de la mano, no se requiere otra cosa más que paciencia y constancia, paciencia y constancia…  Los resultados están en camino.

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