Somos un país que no lee, posiblemente la razón de nuestra mala relación con los libros se deba a las primeras experiencias que tenemos con la literatura. Nuestras aproximaciones iniciales con los libros nos bendicen o condenan; son determinantes para generar un lector asiduo o un desertor de textos.
Aunque el primer contacto con los libros debería generarse en casa, con la arquetípica imagen del padre o la madre leyéndole un cuento al pequeño; llevándolo de la mano a un mundo fantástico, cultivando su imaginación y sembrando la semilla del gusto por la lectura. La realidad es que nuestros niños retienen en la memoria la imagen de sus padres esclavizados por las telenovelas o el futbol, más que la de un lector devorando libros. Es natural que el niño al crecer imite lo que vio en casa y así, se formen círculos generacionales muy difíciles de romper.

Por otro lado y para agravar el asunto, el primer libro que un niño o adolescente tiene que leer generalmente es un texto grueso y pesado, escogido por supuestos gurús de la literatura, que terminan por sepultar cualquier inquietud o interés literario. ¿Quién no tuvo que leer al Quijote, el mío cid, metamorfosis, crimen y castigo u otro volumen del mismo calado como uno de sus primeros libros? Sin lugar a dudas, todos son clásicos de la literatura universal, pero para un adolescente resultan verdaderas torturas de aburrimiento y la consolidación del rechazo.

Nuestros jóvenes viven una vorágine de información; el internet y las redes sociales están hechas de contenidos breves y en su mayoría por elementos visuales, lo que hace que un texto “sin dibujitos” resulte, de entrada, pesado y tedioso.
Elías Cárdenas, maestro y amigo que ha dedicado su vida a la lectura, me decía que solo se puede apreciar el arte si se conoce de arte, coincido plenamente; como el buen vino, un gran cuadro, o una ópera magistral, un gran libro solo puede ser apreciado si se tiene una formación literaria, pues solo entonces se es capaz de sintonizarse con el autor.
Para que un adolescente se atreva a internarse y revelar los tesoros ocultos en los mares de letras y signos de puntuación, se requiere en un principio de textos concisos apoyados por fuertes elementos visuales, es decir un replanteamiento editorial de raíz, una evolución de los libros y sus contenidos.
Si queremos una sociedad más lectora y culta; ciudadanos con más criterio y consciencia, pues tenemos que replantear la forma en que acercamos a nuestros niños y adolescentes a la lectura. Los docentes antes de obligar lecturas que a veces ni ellos mismos podrían disfrutar, deberían tomarse un tiempo y sugerir (insisto no obligar) lecturas más acordes a los gustos, realidades e intereses de sus alumnos; insisto, textos sencillos y de impacto directo son la opción. Las lecturas de los grandes clásicos, filósofos, sociólogos o religiosos vendrán después, como una consecuencia de los cimientos literarios que hayamos edificado.


De esta manera, niños, jóvenes y adultos descubrirán que al leer no sólo se puede viajar por mundos fantásticos, conocer lugares distantes, épocas distintas, vivir tórridos romances, participar en batallas épicas o resolver un crimen; el hábito de la lectura es como un “cáncer benigno”, comienza a invadir todos los aspectos de nuestra vida. Con la lectura comenzamos a ser más conscientes de nuestro entorno, de nuestra salud y la de nuestro planeta, aprendemos a reconocer e inmunizarnos contra la manipulación y los extremismos, aprendemos a valorar nuestras raíces y cultura, accedemos a un mejor nivel de vida y combatimos de manera frontal y heroica al quinto jinete del apocalipsis: la ignorancia…

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