La fiesta de los muertos mexicana tiene sus raíces en dos escatologías, la prehispánica y la cristiana. Juntas dieron luz a una de las tradiciones más enigmáticas y admiradas en el orbe: El día de muertos.
Durante mucho tiempo, nuestra celebración se vio opacada por la mercadotecnia norteamericana que supo hacer más atractiva la celebración de “la víspera de todo lo sagrado” o el popularmente conocido Haloween, hasta que hace unos cuantos años, un paulatino resurgimiento de nuestras tradiciones comenzó. Precisar cuál fue el factor que lo detonó es difícil, pero uno de los más importantes fue la curiosidad que causaba en el extranjero nuestra forma de celebrar y colorear la otra vida.
Como escritor mexicano, considero un mandato rescatar y promover nuestra cultura. En ese sentido, al momento de abordar la fiesta que, a mi juicio, le da mayor identidad mundial al pueblo mexicano, me pregunto: ¿Cuál es el sentido de celebrar el más allá? Fuimos y aún somos fervientes adoradores de la muerte, por ende sentimos una apasionada devoción por la vida. Ahí la raíz de nuestra tradición: celebrar a los muertos nos permite acercarnos más vivos. Nos da la oportunidad de reflexionar y diferenciar lo importante de lo vacuo, lo trascendente de lo estéril. La consciencia de lo finito que es la vida nos permite quitarle las hipocresías a la cotidianidad, nos libera y deja abrazar nuestra humanidad.
Además de los valores ontológicos de esta festividad, la privilegiada y refinada estética con la que la engalanamos ha trascendido nuestras fronteras, incluso sin el uso de las armas pero con la potencia de nuestra cultura, la reconquista mexicana de los Estados Unidos sigue avanzando; el Halloween norteamericano se ha venido tiñendo de rosa mexicano. Lo que antes eran solo brujas, calabazas y trick or treat, ahora se nutre de altares adornados con calaveritas de azúcar y chocolate, ofrendas, tamales, música y fiesta. Es sorprendente enterarse que uno de los disfraces favoritos de las niñas y jovencitas norteamericanas es el de la catrina con sus múltiples modalidades y presentaciones.

Somos un pueblo mágico que hemos transformado lo macabro en una de las manifestaciones culturales más bellas y profundas de la humanidad.

Poco a poco nos estamos atreviendo a explotar nuestras riquezas, pero aún nos falta más, mucho más. Sería ideal que existieran políticas públicas que entendieran estas inercias y reforzaran nuestra identidad mexicana. Sin embargo la verdadera riqueza se gesta y enraíza en el seno de las familias, en la sala y el comedor. Si este año no ha puesto su altar de muertos o hanal pixán, aún está a tiempo. Herédele a su familia algo verdaderamente valioso; ¡herédele cultura!

Posdata Literaria
—Abrázame —dijo la catrina—. Así juntitos, yo te convido del despertar del sueño de la vida, y tú… Me convidas un poquito del amanecer de la muerte.

Share: